martes, 11 de febrero de 2020

EL CORONAVIRUS COLOMBIANO

EL CRONISTA

Por José Javier Capera


La violencia sistémica que ha marcado la historia contemporánea en Colombia, nos remite a la necesidad de comprender qué ciento de familias son víctimas/victimarios de la misma. Un conflicto armado generando por los intereses de las élites tanto de izquierda y derecha, sumidas en la lógica de la búsqueda, manipulación y control del poder desde arriba, nos devela la compleja realidad nacional en medio de las contradicciones y oportunidades que implica la construcción de paz desde los territorios.

Los intereses privados de las élites liberales y conservadoras de la década de los 60 del siglo XX, nos dejar ver la transformación negativa de la democracia colombiana. Un escenario identificado con prácticas de corrupción, amiguismos, narcotráfico, violencia armada y conflictos territoriales. El imaginario de la cultura política de los de arriba, impuso una forma de manipulación producto de la necesidad y la miseria de un pensamiento crítico donde la ética y la política fuera la posibilidad de servir más no enriquecerse acostilla de la necesidad del prójimo, tal como lo hace la clase política tradicional de la nación.

Sin embargo, en las últimas semanas hemos presenciado un acontecimiento global que ha generado escozor en las sociedades. La presencia de la epidemia del Coronavirus que tanto ha permitido de que hablar, es el reflejo del silencio del gobierno Chino y su in-capacidad de lograr canalizar las secuelas que se expanden en los distintos países de la región. Lo paradójico del asunto, es que una de las potencias de nuestros tiempos es víctima de su propia lógica, ya que el mundo inter-conectado virtualmente, pero desconectado afectivamente nos demuestra que todo tarde que temprano sale a la luz pública: la corrupción transnacional, los vaticinios fiscales, la red de WikiLeaks, los carteles de Odebrecht y los intentos golpistas de los de arriba sobre los territorios en re-existencia.

El coronavirus paso a ser un tema de interés público-global, pero el de nos-otros aquellos colombianos de a pie que se disputan la necesidad de lograr un trabajo digno, el ingreso alguna universidad de mediana calidad y de sensibilidad social o la posibilidad de traer la comida a sus hogares, se ven afectados por la maleza e influencia de la corrupción, la violencia y los caciquismo de gobiernos, que sólo están arriba para favorecer a sus redes, grupos y colectivos funcionales, los cuales operan de modo criminal siendo los hacedores de una cultura de la miseria y la precariedad de nuestra época.

Lamentable, la situación de la epidemia del coronavirus colombiano aquel que por más de medio siglo nos dejó mal contadas “8.376.463 víctimas del conflicto armado”, miles de familias desquebrajadas por el dolor de sus desaparecidos, los soldados y guerrilleros víctimas de las minas quiebra-patas, los enfrentamientos y la sanguinaria metralla que silencio vidas en los barrios populares, urbanos y rurales en las regiones. Es la triste realidad que enfrenta la apuesta por construir la paz desde abajo, en medio de la ingobernabilidad del “presidente” Duque, que ni sabe de dónde viene y para donde lleva nuestra imperfecta pero necesaria paz en los diversos territorios del país.

Ñapa: el gobierno venezolano ha logrado sentar en la silla a una víctima y victimaria de la política tradicional colombiana Aida Merlano, aquella senadora que logro negociar y ser cómplice de las mafias del Caribe y sus prácticas funcionales a los intereses de los últimos gobiernos. Terrible, conocer lo evidente: compra de votos, crímenes ilegales, narco- campañas y la cooptación politiquera en nuestros municipios.

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